miércoles, julio 17

Espionaje virreinal científico

“Han enviado al Rey desde Buenos Ayres um Oso ormiguero; y habiéndole visto S. M. em su mismo quarto y viendo lo manso que es, há mandado se lleve a ese Sitio [del Retiro] para que le ponga em algún quarto o parage” (AGP, Buen Retiro, Caja 11756/22, citado por Mazo, 2006).

En el siglo XVIII, España mantenía una percepción economicista de su red científica. Los pedidos específicos de materias primas para estudio, con un propósito mercantilista, acostumbraban a ser atendidos por las autoridades virreinales con más prontitud que aquellos referidos a propósitos antropológicos o zoo-botánicos. Es lo que De Vos (2007) denominó “utilitarismo ibérico”.

Hay varios casos en que esos esfuerzos ‘científico-utilitarios’ terminaron en manos de otras naciones competidoras de la Península. Las filtraciones de información respecto a las solicitudes de envío de muestras específicas para comprobar la validez de la intuición de alguien sobre las posibilidades económicas de algún producto acontecían con mucha frecuencia, sobre todo cuando Gran Bretaña y Francia ya tenían acceso, vía el contrabando de mercancías, a los puertos latinoamericanos en la segunda mitad del Siglo de las Luces (Cañizares, 2006).

Un caso característico aconteció en 1777 cuando se ordenó al Virrey de Buenos Aires el envío de la “Orchilla de las Malvinas” (Roccella canariensis) un liquen del que se extraía el color púrpura en sus diversas tonalidades. “Su explotación fue una de las bases económicas de la colonización de los archipiélagos portugueses y españoles del Atlántico” (De Mello, 2013). La iniciativa correspondió al Vizconde de la Herrería, embajador plenipotenciario español en La Haya (Países Bajos) que observó e informó sobre la actividad holandesa en la obtención de ese liquen en las islas Malvinas. El reporte fue interceptado por los británicos que se interesaron por el producto y la potencial ocupación del archipiélago.

Un segundo caso es el de las muestras de yerba mate (Ílex paraguaiensis) y de yerba culén (Psoralea glandulosa), que llegaron al Real Gabinete en Madrid en 1778, procedentes de Paraguay, así como de una palmera con propiedades colorantes. “La caraguatá (Bromelia hieronymi, Bromelia balansae y otras) fue otra utilidad vegetal paraguaya que despertó interés en España” (De Mello, 2013) porque podría utilizarse para calafatear barco dadas sus propiedades de impermeabilidad. Los británicos se hicieron del informe de forma circunstancial cuando el buque que lo transportaba quedó a la deriva luego que sus aparejos fuesen destruidos por una tormenta.

En 1791, llegaron a Buenos Aires muestras de maderas venidas de Cochabamba, enviadas por el Conde de Casa-Valencia, con un reporte de su utilidad para la construcción de túneles para la minería, nota a la que añadía los informes de Tucumán, Córdoba, Moxos y Salta también sobre maderas (Valdivieso, 1989, citado por De Mello, 2013). La filtración se produjo en Madrid donde se había dado acceso a botánicos galos -huidos de la Revolución Francesa- para trabajos conjuntos con sus pares españoles.

En el campo de la paleontología, otra situación de apropiación intelectual fue el caso del Megaterio, un mamífero antediluviano. A inicios de 1766, el capitán de fragata Esteban Álvarez del Fierro exhumó las osamentas de dos ‘sepulcros’, con huesos gigantes, situados cerca del río Arrecifes, en el Virreinato del Río de la Plata (Furlong, 1948, citado por Pelayo, 1994). En esa línea de descubrimientos, en 1787, “el alcalde de la villa de Lujan, Francisco Aparicio, y el fraile dominico Manuel Torres, iniciaron la excavación de un gran esqueleto hallado en las orillas del río que daba nombre al lugar” (De Mello, 2013). A diferencia del primer megaterio, éste fue dibujado en el lugar del hallazgo por el militar brasileño José Custódio de Sá Faria, en ese momento al servicio del virreinato. A finales de ese año, en cajas debidamente rotuladas y numeradas, los fósiles fueron remitidos al Real Gabinete. Su estudio recayó en el científico Juan Bautista Bru que, para 1793, había preparado el montaje de los huesos, ordenó los dibujos, le añadió nuevas ilustraciones y redactó un informe para su publicación que no salió a imprenta. En 1796, el zoólogo francés Georges Cuvier publicó una Memoria sin mencionar a Bru y apropiándose de su trabajo (Lópes & Glick, 1993). Ese mismo año, el ingeniero José Garriga, en un afán reivindicativo en favor de Bru y de España, publicó una ‘reparación científica’ pero ello no evitó que Cuvier cosechase laureles.

En 1804, Cuvier hace una segunda edición de “su” libro donde “dio los debidos créditos, con base en la publicación de Garriga, a Bru, por su trabajo, y al Marqués de Loreto, por su remesa desde la Plata. El dominico Manuel Torres, responsable por el descubrimiento y excavación minuciosa, desapareció de esta historia, suplantado por Loreto” (De Mello, 2013). Una imperfecta disculpa para una usurpación.

El esfuerzo científico español para recabar información sobre nuevos especímenes de sus territorios en América, previo a las guerras de independencia, registró altibajos como consecuencia, en parte, de las mermas generadas por el espionaje científico.

El autor es embajador