martes, abril 16

Semanas sin chicha, días escopeteados

Al fin se ha infiltrado un tímido frescor entre el techo, las paredes y el suelo, desterrando, aleluya, una canícula hipertrófica que pasará a los anales de la historia como el eterno verano de la investidura. Qué larga se está haciendo (si es que la hay).

En contraposición, el pulso del mundo va que se las pela espoleado por las guerras y el consumismo: la vitrina del bazar chino luce decorada desde hace semanas con calabazas de Halloween, calaveras y murciélagos funestos. Por no mencionar que en algunas calles ya cuelgan (apagadas) las luces para las fiestas de Navidad, cuya mera invocación produce ahora mismo un vértigo existencial insoportable. Todavía deambulo por el piso con chancletas de dedo, sin calcetines.

Semanas enteras desprovistas de chicha conviven con días centrifugados por la aceleración. Ayer mismo entré en el Kai–Feng a por un tubo de pegamento y acabé llevándome una agenda de 2024 o, mejor dicho, el calendario de pared que empleo como tal —mi abuelo decía «almanaque»—, con casillas grandotas que permiten anotar en mayúsculas citas, deberes e ineludibles. Aún no le he quitado el plástico.

Doce sábanas blanquísimas aguardan expectantes lo que de bueno el año nuevo pueda traer consigo, aun cuando la parrilla de los días contendrá sobre todo (y con suerte) repeticiones: «Columna domingo», «declaración renta, ojo», «mamografía», «ordenar armario», cuestión marsupial esta que salta de año en año sin sustanciarse.

Listas para no pensar

Durante una crisis vital, Scott Fitzgerald dormitaba durante 20 horas al día y, en los intervalos, elaboraba listas, cientos de relaciones de cualquier cosa: canciones populares, lanzadores de béisbol, momentos felices, mujeres que le gustaban, casas en las que había vivido, cuántos pares de zapatos, las veces en las que había sido humillado, y así. Anotaba la retahíla e inmediatamente la rompía, a por otra. Las listas le resultaban útiles en el firme propósito de no pensar. El mantra de la repetición, supongo, lo encalmaba. Cavilar en exceso es dañino. 

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Buena parte del vivir consiste en un repetir salvífico. Pensé en eso después de que un amigo me wasapeara un texto de Louise Glück, la poeta neoyorquina fallecida la semana pasada: «Miramos al mundo solo una vez, en la infancia. El resto es memoria». Apunté la frase en la libreta y, desde entonces, juego a desenterrar al niño que esconde el rostro de los transeúntes.

El otro día lo descubrí en la sonrisa pilla de un caballero jubilado que pidió de postre una tarta al whisky —no entraba en el menú—. En ocasiones, cuesta lo indecible rescatar al niño debajo de tantos pliegues, rugosidades, líneas de marioneta, patas de gallo y otras decepciones, pero siempre emerge, con paciencia, esa mirada de asombro. El milagro de estar vivo a pesar del espanto.